ESI. 1 JUEGO con la Recopilación de 11 cuentos para abordar en el aula las violencias de género (y guardarlo todo en el celu, funciona sin wifi)
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
💜 Literatura y ESI: Espacio de Debate
- Elegí un cuento del menú, abrí el texto y respondé las 4 preguntas.
- Dinámica Grupal: Debatan y busquen argumentos en equipo antes de responder.
- ¡Sin Conexión! Guardá la página en tu celu (Descargar archivo .html). Funciona 100% sin WiFi, ocupa muy poco espacio y te lo quedás para siempre.
¡La construcción de vínculos sanos empieza por escucharnos! 🚀
ESI: Literatura y Género
Pregunta 1 de 4
1ab A las palabras no las lleva el viento, de Celeste Alegre
Mili llegó distinta ese día a la escuela. Primero pensé que tenía sueño, así que no la
molesté… Pero a medida que pasaba la mañana, seguía silenciosa y con ojitos tristes.
Durante el recreo me acomodé al lado de ella en el escalón del mástil, y esperé… Tal
vez no era el día para que me contara qué le pasaba, pero yo estaba ahí,
acompañando.
Recién en el segundo recreo me habló.
—Otra vez —me dijo—. Otra vez…
Con lágrimas en los ojos me contó que su papá había vuelto a gritarle muy fuerte a
su mamá porque no le gustaba lo que había cocinado.
¡Yo no supe qué decir! Solo la abracé para que sintiera que estaba cerquita.
Días atrás me había contado que su papá se enojaba mucho si la mamá no tenía la
comida preparada cuando él llegaba a casa. También me contó que un día su mamá
fue a comprar ropa cuando salió del trabajo y cuando volvió su papá le dijo muchas
cosas feas, y le advirtió que del trabajo debía volver "derechito a casa".
Mili había sido siempre una excelente alumna, pero a medida que pasaban los días
en su cuaderno había más tareas incompletas y menos caritas felices.
Después de las vacaciones de invierno Mili no volvió a la escuela. La esperé mucho
para contarle sobre mi viaje a Tandil; yo sé que ella se divierte mucho cuando le
canto las canciones que inventamos con mi hermano en el auto durante el viaje.
Pasaron los días y la señorita nos contó que Mili se había ido a vivir a otro barrio con
su mamá, y que pronto volvería a clases.
¡Cuánta alegría sentí al saber que volvería a verla!
Al día siguiente, Mili entró al salón, un poco tarde, porque se había mudado más
lejos, pero con una mirada distinta.
Cuando se sentó al lado mío le agarré la mano bien fuerte, como implorándole que
no se alejara más por tantos días, y ella me devolvió una enorme sonrisa.
A la hora del recreo corrimos al patio, hicimos "piedra, papel o tijera" para ver quién
empezaría a contar. Pero aunque le había tocado a ella empezar, me pidió que
cuente yo primero. Así que le conté cosas graciosas de mis vacaciones, y nos reímos
mucho.
Después, cuando le tocó a ella, me contó por qué ya no vivía en la misma casa…
—Un día en que mi mamá estaba muy pero muy triste por todas las cosas que le
había dicho mi papá, decidió ser feliz. Ella no tenía idea cómo hacer, pero me contó
que apretó muy fuerte los ojos y deseó tanto tanto ser feliz, que cuando los abrió, su
hada madrina estaba enfrente de ella.
"¡Es increíble que estés acá!"
"Estoy aquí porque creíste en mí", le respondió el hada.
Mi mamá se quedó maravillada mirándola.
"¿Cómo te llamás?"
"Igual que vos…", dijo el hada con ternura, y apurada, viendo en el reloj que iban a ser
las doce, le preguntó "¿Tenés una calabaza?". Mamá la miró extrañada, pero como
creía en el hada "Bety" (porque además de ser su hada madrina se llamaba igual que
ella), fue corriendo a buscar una a la cocina.
El hada puso la calabaza frente a mi mamá y le dijo: "Ahora, deseá con toda la fuerza
de tu corazón que esta calabaza transforme tu tristeza en alegría".
Mamá cerró fuerte los ojos y deseó tanto esa trasformación que cuando abrió los
ojos, vio un enorme espejo frente a ella reflejando su imagen. Mi mamá no lo podía
creer… ¡Se refregaba los ojos para ver si era verdad! En ese espejo mi mamá se veía
tal cual era: bellísima, con una enorme sonrisa que brillaba como nunca.
"Tus deseos son la magia que hace que tus sueños se cumplan", dijo el hada. "Este
espejo nunca más será una calabaza, desde ahora nada volverá a ser igual. Esta Bety
que ves en el espejo no permitirá nunca más que la maltraten."
Y justo cuando el reloj marcó las doce el hada desapareció dejando un rayito de luz.
"¿Dónde estará ahora el hada Bety? ¿Tendré que volver a llamarla cada vez que
desee algo?", se preguntaba mamá mientras repetía muchas veces para no olvidarse
lo que le había dicho el hada: "Tus deseos son la magia que hace que tus sueños se
cumplan, tus deseos son la magia que hace que tus sueños se cumplan, tus deseos
son la magia…"
De pronto mi mamá deseó con toda la fuerza de su corazón que le crezcan alas.
—¿Alas? —pregunté.
—¡Sííí! ¡Alas! Alas para ser libre. Alas hermosas, alas propias… Mi mamá deseó tanto
tener alas, que nos crecieron alas a las dos y nos fuimos volando felices a nuestra
nueva casa…
El timbre interrumpió el final del relato, la mirada de Mili ahora era la más linda y
resplandeciente que jamás había visto. Mientras íbamos al comedor algo adentro
mío me decía que yo también tenía esa magia para cumplir mis sueños, y que si lo
deseaba con toda la fuerza de mi corazón me crecerían alas.
Cerré muy fuerte mis ojos y le pedí con todas mis fuerzas a mi hada madrina que
viniera… Cuando los abrí, estaba en el comedor de la escuela, frente mío un plato
delicioso de "alitas de pollo con puré de calabazas".
Por la ventana asomaba un rayito de luz… Miré bien y ahí estaba: mi hada madrina
guiñándome un ojo…
¡Bueno, por algo se empieza!
2ab Nunca me pega, de Cecilia Solá
– ¿Pero te pega? -me pregunta la policía, una chica jovencita, con el pelo recogido
que me hace acordar un poco a mi hija.
– ¿Te pega o no te pega, mamita? Decidite, porque no podemos andar tomando
denuncias por boludeces-
No sé qué decirle. Mi amiga me dijo que diga que sí, porque si no, no me van a dar
pelota, pero no sé qué decir.
Porque Dardo nunca me dio un puñetazo. Ni una cachetada, ni una patada, ni
siquiera me empujó. Pero le tengo miedo, igual le tengo mucho miedo cuando hago
algo que no le gusta y él me mira y hace ese gesto con las manos, como que aprieta
algo, y después descarga un puñetazo contra la pared, cerquita, cerquita, de donde
está mi cabeza, pero no me pega.
-Estúpida- me dice- Estúpida de mierda, gorda pelotuda, te tendría que echar a la
mierda, a ver quién te aguanta, quién te da de comer- me dice, pero no me pega.
A mí me gustaría tener mi plata, pero él no quiere que trabaje. Dice que soy una
inútil, y que le va a salir más caro el collar que la perra, porque va a tener que pagar
los juicios de mis clientas. Yo soy cosmetóloga y maquilladora profesional, dos años
estudié, antes, cuando no lo conocía, pero ahora él no quiere que trabaje. Igual, a
veces algunas de las chicas venían a casa para que las arregle, o les haga una
limpieza de cutis, pero él se aparecía en la cocina y les decía -«Mirá que sos valiente
vos, ésta te va a quemar toda la cara con esas meadas de perro que te pone» y se reía
fuerte. Las clientas no vienen más, y mis amigas tampoco, porque soy una aburrida,
ellas son todas pibas jóvenes, lindas, y yo soy una gorda culo caído y una bruta. Así
me dice, y me clava un dedo en la panza fofa, en las nalgas blandas y se ríe, pero no
me pega. Nunca me pega
Él sí tiene amigos, a veces vienen a casa, y yo les cocino empanadas de pollo que a él
le gustan. Antes me gustaba que vinieran, porque por lo menos veía gente, pero ya
no me gusta más que venga nadie, porque él se pone gracioso y me dice «la ballena»
o les pregunta a los amigos qué hizo para merecer esto, él que tuvo siempre las
pibas de familia, las más lindas, y se pone a recordar las novias que tenía antes de
conocerme.
-Me agarró con un hijo, la gorda- les dice, y se ríe- Ninguna boluda, aunque parece,
se hizo preñar y se aseguró la buena vida- y se ríe solo, porque nadie más se ríe.
Ahora sus amigos tampoco vienen más, y él dice que es porque mis empanadas son
un asco. Pura grasa, igual que yo.
-¿Y, te pega o no te pega?- repite la señorita de uniforme, que está perdiendo la
paciencia, y empieza a poner el mismo gesto de Dardo cuando le sirvo el almuerzo y
me dice que le falta sal, o que está crudo, que con lo que me gusta comer como no
voy a saber cocinar.
No, no me pega, nunca me pega, pero igual quiero que se vaya, igual quiero vivir sin
miedo, igual necesito no sobresaltarme cuando escucho el motor del auto, igual
quiero vivir sin ese dolor de estómago que me quedó desde aquella vez que Lauti, mi
hijo, trajo una gatita y él la ahogó en la bañera, porque dijo que ya bastantes vagos
daba de comer. Ahí supe que quería que se fuera. O que se muera. O morirme yo,
como la gatita que lo arañó un poquito antes de quedarse quieta, con los ojos muy
abiertos.
Si tuviera adónde me iría yo, pero no tengo. La casa está a mi nombre porque era de
mi abuela, y me la dejó antes de morir porque yo la cuidé en sus últimos años, y es lo
único que tengo. Eso y doscientos pesos que fui escondiendo de los vueltos de los
mandados, sin que él se diera cuenta.
El otro día me encontré con Sandra, mi mejor amiga de la escuela de maquillaje, y
me dijo que me veía mal, triste. Me largué a llorar como una boba y le conté todo,
pero rápido, porque tenía que volver antes de que él llegara, si no, me iba a dejar
encerrada como esa vez que me demoré en el súper porque había mucha gente y se
enojó. Me tuvo encerrada en el dormitorio una semana, solo cuando él venía me
dejaba salir para ir al baño. Pero no me pegó.
Sandra dice que lo puedo denunciar, que soy víctima de violencia económica,
emocional y verbal, que la policía lo puede sacar porque la casa es mía.
Pero ahora la señorita dice que no pueden hacer nada, que trate de hablar con él,
porque esto no es cosa para la policía, porque no me pega, aunque me esté
matando.
3ab Los ojos de Celina, de Bernardo Kordon
En la tarde blanca de calor, los ojos de Celina me parecieron dos pozos de agua
fresca. No me retiré de su lado, como si en medio del algodonal quemado por el sol
hubiese encontrado la sombra de un sauce. Pero mi madre opinó lo contrario: "Ella
te buscó, la sinvergüenza."Estas fueron sus palabras. Como siempre no me atreví a
contradecirle, pero si mal no recuerdo fui yo quien se quedó al lado de Celina con
ganas de mirarla a cada rato. Desde ese día la ayudé en la cosecha, y tampoco esto le
pareció bien a mi madre, acostumbrada como estaba a los modos que nos enseñó
en la familia. Es decir, trabajar duro y seguido, sin pensar en otra cosa. Y lo que
ganábamos era para mamá, sin quedarnos con un solo peso. Siempre fue la vieja
quien resolvió todos los gastos de la casa y de nosotros.
Mi hermano se casó antes que yo, porque era el mayor y también porque la Roberta
parecía trabajadora y callada como una mula. No se metió en las cosas de la familia y
todo siguió como antes. Al poco tiempo ni nos acordábamos que había una extraña
en la casa. En cambio con Celina fue diferente. Parecía delicada y no resultó muy
buena para el trabajo. Por eso mi mamá le mandaba hacer los trabajos más pesados
del campo, para ver si aprendía de una vez.
Para peor a Celina se le ocurrió que como ya estábamos casados, podíamos hacer
rancho aparte y quedarme con mi plata. Yo le dije que por nada del mundo le haría
eso a mamá. Quiso la mala suerte que la vieja supiera la idea de Celma. La trató de
loca y nunca la perdonó. A mí me dio mucha vergüenza que mi mujer pensara en
forma distinta que todos nosotros. Y me dolió ver quejosa a mi madre. Me reprochó
que yo mismo ya no trabajaba como antes, y era la pura verdad. Lo cierto es que
pasaba mucho tiempo al lado de Ceima. La pobre adelgazaba día a día, pero en
cambio se le agrandaban los ojos. Y eso justamente me gustaba: sus ojos grandes.
Nunca me cansé de mirárselos.
Paso otro año y eso empeoró. La Roberta trabajaba en sel campo como una burra y
tuvo su segundo hijo. Mamá parecía contenta, porque igual que ella, la Roberta paría
machitos para el trabajo. En cambio con Celina no tuvimos hijos, ni siquiera una
nena. No me hacían falta, pero mi madre nos criticaba. Nunca me atreví a
contradecirle, y menos cuando estaba enojada, como ocurrió esa vez que nos reunió
a los dos hijos para decirnos que Celina debía dejar de joder en la casa y que de eso
se encargaría ella. Después se quedó hablando con mi hermano y esto me dio
mucha pena, porque ya no era como antes, cuando todo lo resolvíamos juntos. Ahora
solamente se entendían mi madre y mi hermano. Al atardecer los vi partir en el sulky
con una olla y una arpillera. Pensé que iban a buscar un yuyo o un gualicho en el
monte para arreglar a Celina. No me atreví a preguntarle nada. Siempre me dio
miedo ver enojada a mamá.
Al día siguiente mi madre nos avisó que el domingo saldríamos de paseo al río.
Jamás se mostró amiga de pasear los domingos o cualquier otro día, porque nunca
faltó trabajo en casa o en el campo. Pero lo que más me extranó fue que ordenó a
Celina que viniese con nosotros, mientras Roberta debía quedarse a cuidar la casa y
los chicos.
Ese domingo me acordé de los tiempos viejos, cuando éramos muchachitos. Mi
madre parecía alegre y más joven. Preparó la comida para el paseo y enganchó el
caballo al sulky. Después nos llevó hasta el recodo del río.
Era mediodía y hacía un calor de horno. Mi madre le dijo a Celina que fuese a
enterrar la damajuana de vino en la arena húmeda. Le dio también la olla envuelta
en arpillera:
—Esto lo abrís en el río. Lavá bien los tomates que hay adentro para la ensalada.
Quedamos solos y como siempre sin saber qué decirnos. De repente sentí un grito
de Celina que me puso los pelos de punta. Después mellamó con un grito largo de
animal perdido. Quise correr hacia allí, pero pensé en brujerías y me entró un gran
miedo. Además mi madre me dijo que no me moviera de allí.
Celina llegó tambaleándose como si ella sola hubiese chupado todo el vino que llevó
a refrescar al río. No hizo otra cosa que mirarme muy adentro con esos ojos que tenía
y cayó al suelo. Mi madre se agachó y miró cuidadosamente el cuerpo de Celina.
Señaló:
—Ahí abajo del codo.
—Mismito allí picó la yarará —dijo mi hermano.
Observaban con ojos de entendidos. Celina abrió los ojos y volvió a mirarme.
—Una víbora —tartamudeó—. Había una víbora en la olla.
Miré a mi madre y entonces ella se puso un dedo en la frente para dar a entender
que Celina estaba loca. Lo cierto es que no parecía en su sano juicio: le temblaba la
voz y no terminaba las palabras, como un borracho de lengua de trapo.
Quise apretarle el brazo para que no corriese el veneno, pero mi madre dijo que ya
era demasiado tarde y no me atreví a contradecirle. Entonces dije que debíamos
llevarla al pueblo en el sulky. Mi madre no me contestó. Apretaba los labios y
comprendí que se estaba enojando. Celina volvió a abrir los ojos y buscó mi mirada.
Trató de incorporarse. A todos se nos ocurrió que el veneno no era suficientemente
fuerte. Entonces mi madre me agarró del brazo.
—Eso se arregla de un solo modo —me dijo—. Vamos a hacerla correr.
Mi hermano me ayudó a levantarla del suelo. Le dijimos que debía correr para
sanarse. En verdad es difícil que alguien se cure en esta forma: al correr, el veneno
resulta peor y más rápido. Pero no me atreví a discutirle a mamá y Celma no parecía
comprender gran cosa. Solamente tenía ojos —¡qué ojos!— para mirarme, y me hacía
sí con la cabeza porque ya no podía mover la lengua.
Entonces subimos al sulky y comenzmios a andar de vuelta a casa. Celina apenas si
podía mover las piernas, no sé si por el veneno o el miedo de morir. Se le agrandaban
más los ojos y no me quitaba la mirada, como si fuera de mí no existiese otra cosa en
el mundo. Yo iba en el sulky y le abría los brazos como cuando se enseña a andar a
una criatura, y ella también me abría los brazos, tambaleándose como un borracho.
De repente el veneno le llegó al corazón y cayó en la tierra como un pajarito.
La velamos en casa y al día siguiente la enterramos en el campo. Mi madre fue al
pueblo para informar sobre el accidente. La vida continuó parecida a siempre, hasta
que una tarde llegó el comisario de Chañaral con dos milicos y nos llevaron al pueblo,
y después a la cárcel de Resistencia.
Dicen que fue la Roberta quien contó en el pueblo la historia de la víbora en la olla. ¡Y
la creímos tan callada como una mula! Siempre se hizo la mosquita muerta y al final
se quedó con la casa, el sulky y lo demás.
Lo que sentimos de veras con mi hermano fue separamos de la vieja, cuando la
llevaron para siempre a la cárcel de mujeres. Pero la verdad es que no me siento tan
mal. En la penitenciería se trabaja menos y se come mejor que en el campo.
Solamente que quisiera olvidar alguna noche los ojos de Celina cuando corría detrás
del sulky.
4ab Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez
La primera fue la chica del subte. Había quien lo discutía o, al menos, discutía su
alcance, su poder, su capacidad para desatar las hogueras por sí sola. Eso era cierto:
la chica del subte sólo predicaba en las seis líneas de tren subterráneo de la ciudad y
nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable. Tenía la cara y los brazos
completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda; ella
explicaba cuánto tiempo le había costado recuperarse, los meses de infecciones,
hospital y dolor, con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le
quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel, y la cara toda, la cabeza, el cuello,
una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de
pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara: era la única parte de la cabeza que
el fuego no había alcanzado. Tampoco había alcanzado las manos, que eran morenas
y siempre estaban un poco sucias de manipular el dinero que mendigaba.
Su método era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un beso si no
eran muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara con disgusto,
hasta con un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose bien consigo
mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los brazos, y si ella
lo notaba, en verano, cuando podía verles la piel al aire, acariciaba con los dedos
mugrientos los pelitos asustados y sonreía con su boca que era un tajo. Incluso había
quienes se bajaban del vagón cuando la veían subir: los que ya conocían el método y
no querían el beso de esa cara horrible.
La chica del subte, además, se vestía con jeans ajustados, blusas transparentes,
incluso sandalias con tacos cuando hacía calor. Llevaba pulseras y cadenitas
colgando del cuello. Que su cuerpo fuera sensual resultaba inexplicablemente
ofensivo.
Cuando pedía dinero lo dejaba muy en claro: no estaba juntando para cirugías
plásticas, no tenían sentido, nunca volvería a su cara normal, lo sabía. Pedía para sus
gastos, para el alquiler, la comida –nadie le daba trabajo con la cara así, ni siquiera en
puestos donde no hiciera falta verla–. Y siempre, cuando terminaba de contar sus
días de hospital, nombraba al hombre que la había quemado: Juan Martín Pozzi, su
marido. Llevaba tres años casada con él. No tenían hijos. Él creía que ella lo
engañaba y tenía razón: estaba por abandonarlo. Para evitar eso, él la arruinó, que no
fuera de nadie más, entonces. Mientras dormía, le echó alcohol en la cara y le acercó
el encendedor. Cuando ella no podía hablar, cuando estaba en el hospital y todos
esperaban que muriera, Pozzi dijo que se había quemado sola, se había derramado
el alcohol en medio de una pelea y había querido fumar un cigarrillo todavía mojada.
–Y le creyeron –sonreía la chica del subte con su boca sin labios, su boca de reptil–.
Hasta mi papá le creyó.
Ni bien pudo hablar, en el hospital, contó la verdad. Ahora él estaba preso.
Cuando se iba del vagón, la gente no hablaba de la chica quemada, pero el silencio
en que quedaba el tren, roto por las sacudidas sobre los rieles, decía qué asco, qué
miedo, no voy a olvidarme más de ella, cómo se puede vivir así.
A lo mejor no había sido la chica del subte la desencadenante de todo, pero ella
había introducido la idea en su familia, creía Silvina. Fue una tarde de domingo,
volvían con su madre del cine –una excursión rara, casi nunca salían juntas–. La chica
del subte dio sus besos y contó su historia en el vagón; cuando terminó, agradeció y
se bajó en la estación siguiente. No le siguió a su partida el habitual silencio
incómodo y avergonzado. Un chico, no podía tener más de veinte años, empezó a
decir qué manipuladora, qué asquerosa, qué necesidad; también hacía chistes.
Silvina recordaba que su madre, alta y con el pelo corto y gris, todo su aspecto de
autoridad y potencia, había cruzado el pasillo del vagón hasta donde estaba el chico,
casi sin tambalearse –aunque el vagón se sacudía como siempre–, y le había dado un
puñetazo en la nariz, un golpe decidido y profesional, que lo hizo sangrar y gritar y
vieja hija de puta qué te pasa, pero su madre no respondió, ni al chico que lloraba de
dolor ni a los pasajeros que dudaban entre insultarla o ayudar. Silvina recordaba la
mirada rápida, la orden silenciosa de sus ojos y cómo las dos habían salido corriendo
no bien las puertas se abrieron y habían seguido corriendo por las escaleras a pesar
de que Silvina estaba poco entrenada y se cansaba enseguida –correr le daba tos–, y
su madre ya tenía más de sesenta años. Nadie las había seguido, pero eso no lo
supieron hasta estar en la calle, en la esquina transitadísima de Corrientes y
Pueyrredón; se metieron entre la gente para evitar y despistar a algún guarda, o
incluso a la policía. Después de doscientos metros se dieron cuenta de que estaban a
salvo. Silvina no podía olvidar la carcajada alegre, aliviada, de su madre; hacía años
que no la veía tan feliz.
Hicieron falta Lucila y la epidemia que desató, sin embargo, para que llegaran las
hogueras. Lucila era una modelo y era muy hermosa, pero, sobre todo, era
encantadora. En las entrevistas de la televisión parecía distraída e ingenua, pero tenía
respuestas inteligentes y audaces y por eso también se hizo famosa. Medio famosa.
Famosa del todo se hizo cuando anunció su noviazgo con Mario Ponte, el 7 de Unidos
de Córdoba, un club de segunda división que había llegado heroicamente
a primera y se había mantenido entre los mejores durante dos torneos gracias a un
gran equipo, pero, sobre todo, gracias a Mario, que era un jugador extraordinario que
había rechazado ofertas de clubes europeos de puro leal –aunque algunos
especialistas decían que, a los treinta y dos y con el nivel de competencia de los
campeonatos europeos, era mejor para Mario convertirse en una leyenda local que
en un fracaso transatlántico–. Lucila parecía enamorada y, aunque la pareja tenía
mucha cobertura en los medios, no se le prestaba demasiada atención; era perfecta y
feliz, y sencillamente faltaba drama. Ella consiguió mejores contratos para
publicidades y cerraba todos los desfiles; él se compró un auto carísimo.
El drama llegó una madrugada cuando sacaron a Lucila en camilla del departamento
que compartía con Mario Ponte: tenía el 70 % del cuerpo quemado y dijeron que no
iba a sobrevivir. Sobrevivió una semana.
Silvina recordaba apenas los informes en los noticieros, las charlas en la oficina; él la
había quemado durante una pelea. Igual que a la chica del subte, le había vaciado
una botella de alcohol sobre el cuerpo –ella estaba en la cama– y, después, había
echado un fósforo encendido sobre el cuerpo desnudo. La dejó arder unos minutos y
la cubrió con la colcha. Después llamó a la ambulancia. Dijo, como el marido de la
chica del subte, que había sido ella.
Por eso, cuando de verdad las mujeres empezaron a quemarse, nadie les creyó,
pensaba Silvina mientras esperaba el colectivo –no usaba su propio auto cuando
visitaba a su madre: la podían seguir–. Creían que estaban protegiendo a sus
hombres, que todavía les tenían miedo, que estaban shockeadas y no podían decir la
verdad; costó mucho concebir las hogueras.
Ahora que había una hoguera por semana, todavía nadie sabía ni qué decir ni cómo
detenerlas, salvo con lo de siempre: controles, policía, vigilancia. Eso no servía. Una
vez le había dicho una amiga anoréxica a Silvina: no pueden obligarte a comer. Sí
pueden, le había contestado Silvina, te pueden poner suero, una sonda. Sí, pero no
pueden controlarte todo el tiempo. Cortás la sonda. Cortás el suero. Nadie puede
vigilarte veinticuatro horas al día, la gente duerme. Era cierto. Esa compañera de
colegio se había muerto, finalmente. Silvina se sentó con la mochila sobre las piernas.
Se alegró de no tener que viajar parada. Siempre temía que alguien abriera la
mochila y se diera cuenta de lo que cargaba.
Hicieron falta muchas mujeres quemadas para que empezaran las hogueras. Es
contagio, explicaban los expertos en violencia de género en diarios y revistas y radios
y televisión y donde pudieran hablar; era tan complejo informar, decían, porque por
un lado había que alertar sobre los feminicidios y por otro se provocaban esos
efectos, parecidos a lo que ocurre con los suicidios entre adolescentes. Hombres
quemaban a sus novias, esposas, amantes, por todo el país. Con alcohol la mayoría de
las veces, como Ponte (por lo demás el héroe de muchos), pero también con ácido, y
en un caso particularmente horrible la mujer había sido arrojada sobre neumáticos
que ardían en medio de una ruta por alguna protesta de trabajadores. Pero Silvina y
su madre recién se movilizaron – sin consultarlo entre ellas– cuando pasó lo de
Lorena Pérez y su hija, las últimas asesinadas antes de la primera hoguera. El padre,
antes de suicidarse, les había pegado fuego a madre e hija con el ya clásico método
de la botella de alcohol. No las conocían, pero Silvina y su madre fueron al hospital
para tratar de visitarlas o, por lo menos, protestar en la puerta; ahí se encontraron. Y
ahí estaba también la chica del subte.
Pero ya no estaba sola. La acompañaba un grupo de mujeres de distintas edades,
ninguna de ellas quemada. Cuando llegaron las cámaras, la chica del subte y sus
compañeras se acercaron a la luz. Ella contó su historia, las otras asentían y
aplaudían. La chica del subte dijo algo impresionante, brutal:
–Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las
mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza nueva.
La mamá de Silvina se acercó a la chica del subte y a sus compañeras cuando se
retiraron las cámaras. Había varias mujeres de más de sesenta años; a Silvina la
sorprendió verlas dispuestas a pasar la noche en la calle, acampar en la vereda y
pintar sus carteles que pedían BASTA BASTA DE QUEMARNOS. Ella también se
quedó y, por la mañana, fue a la oficina sin dormir. Sus compañeros ni estaban
enterados de la quema de la madre y la niña. Se están acostumbrando, pensó Silvina.
Lo de la niñita les da un poco más de impresión, pero sólo eso, un poco. Estuvo toda
la tarde mandándole mensajes a su madre, que no le contestó ninguno. Era bastante
mala para los mensajes de texto, así que Silvina no se alarmó. Por la noche, la llamó a
la casa y tampoco la encontró. ¿Seguiría en la puerta del hospital? Fue a buscarla,
pero las mujeres habían abandonado el campamento. Quedaban apenas unos
fibrones tirados y paquetes vacíos de galletitas, que el viento arremolinaba. Venía
una tormenta y Silvina volvió lo más rápido que pudo hasta su casa porque había
dejado las ventanas abiertas.
La niña y su madre habían muerto durante la noche.
Silvina participó de su primera hoguera en un campo sobre la ruta 3. Las medidas de
seguridad todavía eran muy elementales; las de las autoridades y las de las Mujeres
Ardientes. Todavía la incredulidad era alta; sí, lo de aquella mujer que se había
incendiado dentro de su propio auto, en el desierto patagónico, había sido bien
extraño: las primeras investigaciones indicaron que había rociado con nafta el
vehículo, se había sentado dentro, frente al volante, y que ella misma había dado el
chasquido al encendedor. Nadie más: no había rastros de otro auto –eso era
imposible de ocultar en el desierto–, y nadie hubiera podido irse a pie. Un suicidio,
decían, un suicidio muy extraño, la pobre mujer estaba sugestionada por todas esas
quemas de mujeres, no entendemos por qué ocurren en Argentina, estas cosas son
de países árabes, de la India.
–Serán hijos de puta; Silvinita, sentate –le dijo María Helena, la amiga de su madre,
que dirigía el hospital clandestino de quemadas ahí, lejos de la ciudad, en el casco de
la vieja estancia de su familia, rodeada de vacas y soja–. Yo no sé por qué esta
muchacha, en vez de contactar con nosotras, hizo lo que hizo, pero bueno: a lo mejor
se quería morir. Era su derecho. Pero que estos hijos de puta digan que las quemas
son de los árabes, de los indios...
María Helena se secó las manos –estaba pelando duraznos para una torta– y miró a
Silvina a los ojos.
–Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos
quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices.
La torta era para festejar a una de las Mujeres Ardientes, que había sobrevivido a su
primer año de quemada. Algunas de las que iban a la hoguera preferían recuperarse
en hospitales, pero muchas elegían centros clandestinos como el de María Helena.
Había otros, Silvina no estaba segura de cuántos. –El problema es que no nos creen.
Les decimos que nos quemamos porque queremos y no nos creen. Por supuesto, no
podemos hacer que hablen las chicas que están internadas acá, podríamos ir presas.
–Podemos filmar una ceremonia –dijo Silvina.
–Ya lo pensamos, pero sería invadir la privacidad de las chicas.
–De acuerdo, ¿pero si alguna quiere que la vean? Y podemos pedirle que vaya hacia
la hoguera con, no sé, una máscara, un antifaz, si quiere taparse la cara.
–¿Y si distinguen dónde queda el lugar?
–Ay, María, la pampa es toda igual. Si la ceremonia se hace en el campo, ¿cómo van a
saber dónde queda?
Así, casi sin pensarlo, Silvina decidió hacerse cargo de la filmación cuando alguna
chica quisiera que su Quema fuera difundida. María Helena contactó con ella menos
de un mes después del ofrecimiento. Sería la única autorizada, en la ceremonia, a
estar con un equipo electrónico. Silvina llegó en auto: entonces todavía era bastante
seguro usarlo. La ruta 3 estaba casi vacía, apenas la cruzaban algunos camiones;
podía escuchar música y tratar de no pensar. En su madre, jefa de otro hospital
clandestino, ubicado en una casa enorme del sur de la ciudad de Buenos Aires; su
madre, siempre arriesgada y atrevida, tanto más que ella, que seguía trabajando en
la oficina y no se animaba a unirse a las mujeres. En su padre, muerto cuando ella era
chica, un hombre bueno y algo torpe («Ni se te ocurra pensar que hago esto por
culpa de tu padre», le había dicho su madre una vez, en el patio de la casa-hospital,
durante un descanso, mientras inspeccionaba los antibióticos que Silvina le había
traído, «tu padre era un hombre delicioso, jamás me hizo sufrir»). En su ex novio, a
quien había abandonado al mismo tiempo que supo definitiva la radicalización de su
madre, porque él las pondría en peligro, lo sabía, era inevitable. En si debía
traicionarlas ella misma, desbaratar la locura desde adentro. ¿Desde cuándo era un
derecho quemarse viva? ¿Por qué tenía que respetarlas?
La ceremonia fue al atardecer. Silvina usó la función video de una cámara de fotos:
los teléfonos estaban prohibidos y ella no tenía una cámara mejor, y tampoco quería
comprar una por si la rastreaban. Filmó todo: las mujeres preparando la pira, con
enormes ramas secas de los árboles del campo, el fuego alimentado con diarios y
nafta hasta que alcanzó más de un metro de altura. Estaban campo adentro –una
arboleda y la casa ocultaban la ceremonia de la ruta–. El otro camino, a la derecha,
quedaba demasiado lejos. No había vecinos ni peones. Ya no, a esa hora. Cuando cayó
el sol, la mujer elegida caminó hacia el fuego. Lentamente. Silvina pensó que la chica
iba a arrepentirse, porque lloraba. Había elegido una canción para su ceremonia, que
las demás –unas diez, pocas– cantaban: «Ahí va tu cuerpo al fuego, ahí va. / Lo
consume pronto, lo acaba sin tocarlo.» Pero no se arrepintió. La mujer entró en el
fuego como en una pileta de natación, se zambulló, dispuesta a sumergirse: no había
duda de que lo hacía por su propia voluntad; una voluntad supersticiosa o incitada,
pero propia. Ardió apenas veinte segundos. Cumplido ese plazo, dos mujeres
protegidas por amianto la sacaron de entre las llamas y la llevaron corriendo al
hospital clandestino. Silvina detuvo la filmación antes de que pudiera verse el edificio.
Esa noche subió el video a internet. Al día siguiente, millones de personas lo habían
visto.
Silvina tomó el colectivo. Su madre ya no era la jefa del hospital clandestino del sur;
había tenido que mudarse cuando los padres enfurecidos de una mujer –que
gritaban «¡tiene hijos, tiene hijos!»– descubrieron qué se escondía detrás de esa casa
de piedra, centenaria, que alguna vez había sido una residencia para ancianos. Su
madre había logrado escapar del allanamiento –la vecina de la casa era una
colaboradora de las Mujeres Ardientes, activa y, al mismo tiempo, distante, como
Silvina– y la habían reubicado como enfermera en un hospital clandestino de
Belgrano: después de un año entero de allanamientos, creían que la ciudad era más
segura que los parajes alejados. También había caído el hospital de María Helena,
aunque nunca descubrieron que la estancia había sido escenario de hogueras,
porque, en el campo, no hay nada más común que quemar pastizales y hojas,
siempre iban a encontrar pasto y suelo quemado. Los jueces expedían órdenes de
allanamiento con mucha facilidad, y, a pesar de las protestas, las mujeres sin familia o
que sencillamente andaban solas por la calle caían bajo sospecha: la policía les hacía
abrir el bolso, la mochila, el baúl del auto cuando ellos lo deseaban, en cualquier
momento, en cualquier lugar. El acoso había sido peor: de una hoguera cada cinco
meses –registrada: con mujeres que acudían a los hospitales normalesse pasó al
estado actual, de una por semana.
Y, tal como esa compañera de colegio le había dicho a Silvina, las mujeres se las
arreglaban para escapar de la vigilancia más que bien. Los campos seguían siendo
enormes y no se podían revisar con satélite constantemente; además todo el mundo
tiene un precio; si podían ingresar al país toneladas de drogas, ¿cómo no iban a dejar
pasar autos con más bidones de nafta de lo razonable? Eso era todo lo necesario,
porque las ramas para las hogueras estaban ahí, en cada lugar. Y el deseo las mujeres
lo llevaban consigo. No se va a detener, había dicho la chica del subte en un
programa de entrevistas por televisión. Vean el lado bueno, decía, y se reía con su
boca de reptil. Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere a un
monstruo quemado y tampoco quieren a estas locas argentinas que un día van y se
prenden fuego –y capaz que le pegan fuego al cliente también.
Una noche, mientras esperaba el llamado de su madre, que le había encargado
antibióticos –Silvina los conseguía haciendo ronda por los hospitales de la ciudad
donde trabajaban colaboradoras de las Mujeres Ardientes–, tuvo ganas de hablar con
su ex novio. Tenía la boca llena de whisky y la nariz de humo de cigarrillo y del olor a
la gasa furacinada, la que se usa para las quemaduras, que no se iba nunca, como no
se iba el de la carne humana quemada, muy difícil de describir, sobre todo porque,
más que nada, olía a nafta, aunque detrás había algo más, inolvidable y
extrañamente cálido. Pero Silvina se contuvo. Lo había visto en la calle, con otra
chica. Eso, ahora, no significaba nada. Muchas mujeres trataban de no estar solas en
público para no ser molestadas por la policía. Todo era distinto desde las hogueras.
Hacía apenas semanas, las primeras mujeres sobrevivientes habían empezado a
mostrarse. A tomar colectivos. A comprar en el supermercado. A tomar taxis y
subterráneos, a abrir cuentas de banco y disfrutar de un café en las veredas de los
bares, con las horribles caras iluminadas por el sol de la tarde, con los dedos, a veces
sin algunas falanges, sosteniendo la taza. ¿Les darían trabajo? ¿Cuándo llegaría el
mundo ideal de hombres y monstruas?
Silvina visitó a María Helena en la cárcel. Al principio, ella y su madre habían temido
que las otras reclusas la atacaran, pero no, la trataban inusitadamente bien. «Es que
yo hablo con las chicas. Les cuento que a nosotras las mujeres siempre nos
quemaron, ¡que nos quemaron durante cuatro siglos! No lo pueden creer, no sabían
nada de los juicios a las brujas, ¿se dan cuenta? La educación en este país se fue a la
mierda. Pero tienen interés, pobrecitas, quieren saber.»
–¿Qué quieren saber? –preguntó Silvina.
–Y, quieren saber cuándo van a parar las hogueras.
–¿Y cuándo van a parar?
–Ay, qué sé yo, hija, ¡por mí que no paren nunca!
La sala de visitas de la cárcel era un galpón con varias mesas y tres sillas alrededor de
cada una: una para la presa, dos para las visitas. María Helena hablaba en voz baja: no
confiaba en las guardias.
–Algunas chicas dicen que van a parar cuando lleguen al número de la caza de brujas
de la Inquisición.
–Eso es mucho –dijo Silvina.
–Depende –intervino su madre–. Hay historiadores que hablan de cientos de miles,
otros de cuarenta mil.
–Cuarenta mil es un montón –murmuró Silvina.
–En cuatro siglos no es tanto –siguió su madre.
–Había poca gente en Europa hace seis siglos, mamá.
Silvina sentía que la furia le llenaba los ojos de lágrimas. María Helena abrió la boca y
dijo algo más, pero Silvina no la escuchó y su madre siguió y las dos mujeres
conversaron en la luz enferma de la sala de visitas de la cárcel, y Silvina solamente
escuchó que ellas estaban demasiado viejas, que no sobrevivirían a una quema, la
infección se las llevaba en un segundo, pero Silvinita, ah, cuándo se decidirá Silvinita,
sería una quemada hermosa, una verdadera flor de fuego
5ab La tía Chila, de Angeles Mastretta
La tía Chila estuvo casada con un señor al que abandonó, para escándalo de toda la
ciudad, tras siete años de vida en común. Sin darle explicaciones a nadie. Un día
como cualquier otro, la tía Chila levantó a sus cuatro hijos y se los llevó a vivir en la
casa que con tan buen tino le había heredado la abuela.
Era una mujer trabajadora que llevaba suficientes años zurciendo calcetines y
guisando fabada, de modo que poner una fábrica de ropa y venderla en grandes
cantidades, no le costó más esfuerzo que el que había hecho siempre. Llegó a ser
proveedora de las dos tiendas más importantes del país. No se dejaba regatear, y
viajaba una vez al año a Roma y París para buscar ideas y librarse de la rutina.
La gente no estaba muy de acuerdo con su comportamiento. Nadie entendía como
había sido capaz de abandonar a un hombre que en los puros ojos tenía la bondad
reflejada. ¿En qué pudo haberla molestado aquel señor tan amable que besaba la
mano de las mujeres y se inclinaba afectuoso ante cualquier hombre de bien?
– Lo que pasa es que es una cuzca – decían algunos.
– Irresponsable – decían otros.
– Lagartija – cerraban un ojo. – Mira que dejar a un hombre que no te ha dado un solo
motivo de queja.
Pero la tía Chila vivía de prisa y sin alegar, como si no supiera, como si no se diera
cuenta de que hasta en la intimidad del salón de belleza había quienes no se ponían
de acuerdo con su extraño comportamiento. Justo estaba en el salón de belleza,
rodeada de mujeres que extendían las manos para que les pintaran las uñas, las
cabezas para que les enredaran los chinos, los ojos para que les cepillaran las
pestañas, cuando entró con una pistola en la mano el marido de Consuelito Salazar.
Dando de gritos se fue sobre su mujer y la pescó de la melena para zagolotearla
como al badajo de una campana, echando insultos y contando sus celos,
reprochando la fodonguez y maldiciendo a su familia política, todo con tal ferocidad,
que las tranquilas mujeres corrieron a esconderse tras los secadores y dejaron sola a
Consuelito, que lloraba suave y aterradoramente, presa de la tormenta de su marido.
Fue entonces cuando, agitando sus uñas recién pintadas, salió de un rincón la tía
Chila.
– Usted se larga de aquí – le dijo al hombre, acercándose a él como si toda su vida se
la hubiera pasado desarmando vaqueros en las cantinas –. Usted no asusta a nadie
con sus gritos. Cobarde, hijo de la chingada. Ya estamos hartas. Ya no tenemos
miedo. Déme la pistola si es tan hombre. Valiente hombre valiente. Si tiene algo que
arreglar con su señora diríjase a mí, que soy su representante. ¿Está usted celoso?
¿De quién está celoso? ¿De los tres niños que Consuelo se pasa contemplando? ¿De
las veinte cazuelas entre las que vive? ¿De sus agujas de tejer, de su bata de casa?
Esta pobre Consuelito que no ve más allá de sus narices, que se dedica a
consecuentar sus necesidades, a ésta le viene usted a hacer un escándalo aquí,
donde todas vamos a chillar como ratones asustados. Ni lo sueñe, berrinches a otra
parte. Hilo de aquí: hilo, hilo, hilo – dijo la tía Chila tronando los dedos y arrimándose
al hombre aquel, que se había puesto morado de rabia y que ya sin pistola estuvo a
punto de provocar en el salón un ataque de risa –. Hasta nunca, señor – remató la tía
Chila –. Y si necesita comprensión vaya a buscar a mi marido. Con suerte y hasta logra
que también de usted se compadezca toda la ciudad.
Lo llevó hacia la puerta dándole empujones y cuando lo puso en la banqueta cerró
con triple llave.
– Cabrones éstos – oyeron decir, casi para sí, a la tía Chila.
Un aplauso la recibió de regreso y ella hizo una larga caravana.
– Por fin lo dije – murmuró después.
– Así que a ti también – dijo Consuelito.
– Una vez – contestó Chila, con un gesto de vergüenza.
Del salón de Inesita salió la noticia rápida y generosa como el olor a pan. Y nadie
volvió a hablar mal de la tía Chila Huerta porque hubo siempre alguien, o una amiga
de la amiga de alguien que estuvo en el salón de belleza aquella mañana, dispuesta a
impedirlo.
6ab Réquiem con tostadas, de Mario Benedetti
Sí, me llamo Eduardo. Usted me lo pregunta para entrar de algún modo en
conversación, y eso puedo entenderlo. Pero usted hace mucho que me conoce,
aunque de lejos. Como yo lo conozco a usted. Desde la época en que empezó a
encontrarse con mi madre en el café de Larrañaga y Rivera, o en éste mismo. No crea
que los espiaba. Nada de eso. Usted a lo mejor lo piensa, pero es porque no sabe
toda la historia. ¿O acaso mamá se la contó? Hace tiempo que yo tenía ganas de
hablar con usted, pero no me atrevía. Así que, después de todo, le agradezco que me
haya ganado de mano. ¿Y sabe por qué tenía ganas de hablar con usted? Porque
tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente.
No hablábamos mucho de ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra
mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea
casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo:
mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas
cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos
pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía. Mirta no lo sabe
ni siquiera ahora, pero ella es tres años menor que yo, y sé que a veces en la noche se
despierta llorando. Es el miedo. ¿Usted alguna vez tuvo miedo? A Mirta siempre le
parece que el Viejo va a aparecer borracho, y que se va a quitar el cinturón para
pegarle. Todavía no se ha acostumbrado a la nueva situación. Yo, en cambio, he
tratado de acostumbrarme. Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se
emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a
pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele bastante, pero a mamá le
pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa
estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había
esperado despierta hasta las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchado
de tanto llorar. Después, con el tiempo, mamá dejó de llorar. Yo no sé cómo hacía,
pero cuando él le pegaba, ella ni siquiera se mordía los labios, y no lloraba, y eso al
Viejo le daba todavía más rabia. Ella era consciente de eso, y sin embargo prefería no
llorar. Usted conoció a mamá cuando ella ya había aguantado y sufrido mucho, pero
sólo cuatro años antes (me acuerdo perfectamente) todavía era muy linda y tenía
buenos colores. Además era una mujer fuerte. Algunas noches, cuando por fin el
Viejo caía estrepitosamente y de inmediato empezaba a roncar, entre ella y yo lo
levantábamos y lo llevábamos hasta la cama. Era pesadísimo, y además aquello era
como levantar a un muerto. La que hacía casi toda la fuerza era ella. Yo apenas si me
encargaba de sostener una pierna, con el pantalón todo embarrado y el zapato
marrón con los cordones sueltos. Usted seguramente creerá que el Viejo toda la vida
fue un bruto. Pero no. A papá lo destruyó una porquería que le hicieron. Y se la hizo
precisamente un primo de mamá, ese que trabaja en el Municipio. Yo no supe nunca
en qué consistió la porquería, pero mamá disculpaba en cierto modo los arranques
del Viejo porque ella se sentía un poco responsable de que alguien de su propia
familia lo hubiera perjudicado en aquella forma. No supe nunca qué clase de
porquería le hizo, pero la verdad era que papá, cada vez que se emborrachaba, se lo
reprochaba como si ella fuese la única culpable. Antes de la porquería, nosotros
vivíamos muy bien. No en cuanto a la plata, porque tanto yo como mi hermana
nacimos en el mismo apartamento (casi un conventillo) junto a Villa Dolores, el
sueldo de papá nunca alcanzó para nada, y mamá siempre tuvo que hacer milagros
para darnos de comer y comprarnos de vez en cuando alguna tricota o algún par de
alpargatas. Hubo muchos días en que pasábamos hambre (si viera qué feo es pasar
hambre), pero en esa época por lo menos había paz. El Viejo no se emborrachaba, ni
nos pegaba, y a veces hasta nos llevaba a la matinée. Algún raro domingo en que
había plata. Yo creo que ellos nunca se quisieron demasiado. Eran muy distintos. Aún
antes de la porquería, cuando papá todavía no tomaba, ya era un tipo bastante
alunado. A veces se levantaba al mediodía y no le hablaba a nadie, pero por lo menos
no nos pegaba ni la insultaba a mamá. Ojalá hubiera seguido así toda la vida. Claro
que después vino la porquería y él se derrumbó, y empezó a ir al boliche y a llegar
siempre después de media noche, con un olor a grapa que apestaba. En los últimos
tiempos todavía era peor, porque también se emborrachaba de día y ni siquiera nos
dejaba ese respiro. Estoy seguro de que los vecinos escuchaban todos los gritos, pero
nadie decía nada, claro, porque papá es un hombre grandote y le tenían miedo.
También yo le tenía miedo, no sólo por mi y por Mirta, sino especialmente por mamá.
A veces yo no iba a la escuela, no para hacer la rabona, sino para quedarme
rondando la casa, ya que siempre temía que el Viejo llegara durante el día, más
borracho que de costumbre, y la moliera a golpes. Yo no la podía defender, usted ve
lo flaco y menudo que soy, y todavía entonces lo era más, pero quería estar cerca
para avisar a la policía. ¿Usted se enteró de que ni papá ni mamá eran de ese
ambiente? Mis abuelos de uno y otro lado, no diré que tienen plata, pero por lo
menos viven en lugares decentes, con balcones a la calle y cuartos con bidet y
bañera. Después que pasó todo, Mirta se fue a vivir con mi abuela Juana, la madre de
mi papá, y yo estoy por ahora en casa de mi abuela Blanca, la madre de mamá. Ahora
casi se pelearon por recogernos, pero cuando papá y mamá se casaron, ellas se
habían opuesto a ese matrimonio (ahora pienso que a lo mejor tenían razón) y
cortaron las relaciones con nosotros. Digo nosotros, porque papá y mamá se casaron
cuando yo ya tenía seis meses. Eso me lo contaron una vez en la escuela, y yo le
reventé la nariz al Beto, pero cuando se lo pregunté a mamá, ella me dijo que era
cierto. Bueno, yo tenía ganas de hablar con usted, porque (no sé qué cara va a poner)
usted fue importante para mí, sencillamente porque fue importante para mi mamá.
Yo la quise bastante, como es natural, pero creo que nunca podré decírselo.
Teníamos siempre tanto miedo, que no nos quedaba tiempo para mimos. Sin
embargo, cuando ella no me veía, yo la miraba y sentía no sé qué, algo así como una
emoción que no era lástima, sino una mezcla de cariño y también de rabia por verla
todavía joven y tan acabada, tan agobiada por una culpa que no era suya, y por un
castigo que no se merecía. Usted a lo mejor se dio cuenta, pero yo le aseguro que mi
madre era inteligente, por cierto bastante más que mi padre, creo, y eso era para mi
lo peor: saber que ella veía esa vida horrible con los ojos bien abiertos, porque ni la
miseria ni los golpes ni siquiera el hambre, consiguieron nunca embrutecerla. La
ponían triste, eso sí. A veces se le formaban unas ojeras casi azules, pero se enojaba
cuando yo le preguntaba si le pasaba algo. En realidad, se hacía la enojada. Nunca la
vi realmente mala conmigo. Ni con nadie. Pero antes de que usted apareciera, yo
había notado que cada vez estaba más deprimida, más apagada, más sola. Tal vez
por eso fue que pude notar mejor la diferencia. Además, una noche llegó un poco
tarde (aunque siempre mucho antes que papá) y me miró de una manera distinta,
tan distinta que yo me di cuenta de que algo sucedía. Como si por primera vez se
enterara de que yo era capaz de comprenderla. Me abrazó fuerte, como con
vergüenza, y después me sonrió. ¿Usted se acuerda de su sonrisa? Yo sí me acuerdo.
A mí me preocupó tanto ese cambio, que falté dos o tres veces al trabajo (en los
últimos tiempos hacía el reparto de un almacén) para seguirla y saber de qué se
trataba. Fue entonces que los vi. A usted y a ella. Yo también me quedé contento. La
gente puede pensar que soy un desalmado, y quizá no esté bien eso de haberme
alegrado porque mi madre engañaba a mi padre. Puede pensarlo. Por eso nunca lo
digo. Con usted es distinto. Usted la quería. Y eso para mí fue algo así como una
suerte. Porque ella se merecía que la quisieran. Usted la quería ¿verdad que sí? Yo
los vi muchas veces y estoy casi seguro. Claro que al Viejo también trato de
comprenderlo. Es difícil, pero trato. Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque,
pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre. Cuando nos pegaba, a Mirta y a mi, o
cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror yo sentía lástima. Lástima por
él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora, ahora que él ha matado a
mamá y quién sabe por cuanto tiempo estará preso. Al principio, no quería que yo
fuese, pero hace por lo menos un mes que voy a visitarlo a Miquelete y acepta verme.
Me resulta extraño verlo al natural, quiero decir sin encontrarlo borracho. Me mira, y
la mayoría de las veces no dice nada. Yo creo que cuando salga, ya no me va a pegar.
Además, yo seré un hombre, a lo mejor me habré casado y hasta tendré hijos. Pero
yo a mis hijos no les pegaré, ¿no le parece? Además estoy seguro de que papá no
habría hecho lo que hizo si no hubiese estado tan borracho. ¿O usted cree lo
contrario? ¿Usted cree que, de todos modos hubiera matado a mamá esa tarde en
que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con ustedes dos? No me parece.
Fíjese que a usted no le hizo nada. Sólo más tarde, cuando tomó más grapa que de
costumbre, fue que arremetió contra mamá. Yo pienso que, en otras condiciones, él
habría comprendido que mamá necesitaba cariño, necesitaba simpatía, y que él en
cambio sólo le había dado golpes. Porque mamá era buena. Usted debe saberlo tan
bien como yo. Por eso, hace un rato, cuando usted se me acercó y me invitó a tomar
un capuchino con tostadas, aquí en el mismo café donde se citaba con ella, yo sentí
que tenía que contarle todo esto. A lo mejor usted no lo sabía, o sólo sabía una parte,
porque mamá era muy callada y sobre todo no le gustaba hablar de sí misma. Ahora
estoy seguro de que hice bien. Porque usted está llorando, y, ya que mamá está
muerta, eso es algo así como un premio para ella, que no lloraba nunca.
7ab "Las fotos del hijo", Selva Almada
Es invierno y es de noche aunque apenas dieron las seis y cuarto. La vieja entró hace
un momento, se quitó el abrigo sacudiéndolo para limpiarlo de las finísimas agujas
de hielo, el abrigo mismo pareció sacudirse como el lomo de un enorme perro negro
mojado, y el viejo, sentado frente al fuego, hizo con la mano un gesto de fastidio,
gruñendo como si él también fuese un perro, pero viejo, de pocas pulgas.
Si el hijo no se hubiese marchado. La anciana no puede pensar en ofia cosa desde
hace años, desde el mismo día en que el muchacho se fue, desde ese mismo día
unas pocas horas después de la partida. O si su hijo hubiese vuelto. O si los otros
hijos no se le hubiesen muerto adentro de la panza. O si hubiesen traído y criado
como suyo al hijo de alguna de las hijas solteras de sus vecinos o al hijo de cualquier
otra muchacha. O si. Pero los hijos tarde o temprano se marchan, así piensa el viejo y
debe tener razón.
Mientras él mira el fuego como si no hubiese nada más que ver a su alrededor y
fuma un cigarrillo armando otro y tose y carraspea y escupe entre las cenizas del
borde, ella se mete en la pieza y saca del ropero una caja de zapatos y se sienta en la
cama y la abre y toma una pila de polaroids.
En las fotos está su muchacho sonriente, con el cabello un poco largo hacia la nuca
como le gusta usarlo, más rubio, del color de la paja por las largas jomadas al sol de
Formosa. Hay un río detrás suyo y más atrás una costra verde. En una de sus cartas
le explicó que esa línea oscura es Paraguay, Alberdi precisamente. Un pueblo de
contrabandistas, decía y a ella el corazón le había dado un vuelco adentro del pecho.
¿Y si su hijo anduviese en algo raro? Pero no. Su hijo se había ido a trabajar con
Guiffre, a trabajar los campos que Guiffre tenía allá. Cuando su hijo vivía acá también
era empleado suyo. Al principio, Guiffre pasaba a visitarlos y traer noticias de
Formosa, cartas y dinero. Ya iban para tres años sin que se diera una vuelta. Ella
había escuchado por ahí que se había mudado allá con su familia.
En ofia foto, el chico aparecía abrazado a dos muchachas muy jóvenes, casi niñas.
Había una mesa sin mantel, con restos de comida en los platos y botellas de vino.
Ellos tres sostenían vasos llenos de vino, apuntando hacia la cámara, como en un
brindis. Era un día luminoso, el hijo estaba en cueros y las mujeres con vestidos
livianos, cubriéndoles apenas los pechos. Son mis novias, bromeaba en la carta,
porque acá está permitido tener más de una y nadie se ofende. A ella le había
causado gracia y se lo había comentado al marido -que nunca leía las cartas- y él
había dicho con rabia tu hijo no pierde las mañas se ve y ella, también con rabia, le
contestó que qué culpa tenía el muchacho si todas se le ofrecían. Y con más rabia
pensó que con qué derecho hablaba así de su niño, que si creía que por vieja se le
había olvidado el asunto aquel con la madre de Guiffre.
Tanto calor en Formosa y tanto frío acá, pensó con un temblor. Tenía los pies
húmedos de rocío y el viento aullaba entre los paraísos del patio como un animal en
época de celo. Cuando se quitó los zapatos vio que había pisado mierda en los
corrales mientras encerraba las vacas. El marido andaba mal de los pulmones y en
invierno tenía que quedarse adentro, junto al fuego. Si el hijo.
Arriba del massey ferguson naranja, el hijo, con un sombrero de tela y ala ancha que
le ensombrecía el rostro, descansaba el brazo desnudo sobre el volante y tenía un
cigarrillo en la mano. No sonreía. La cámara lo había captado desprevenido. Al
costado, fuera de foco, dos muchachos posaban abrazados. Cuando Guiffre vaya
para allá, contaba en una carta, les voy a mandar una máquina de estas que sacan la
foto y la podés ver enseguida, se maneja fácil, Guiffre te va a explicar, apuntás,
disparás y la foto sale por abajo, la sacudís un ratito y ya podés verla. (A ella le
costaba creer que algo así se hubiese inventado.) Así vos y el viejo se sacan fotos,
decía, y me las mandan y puedo verlos. A esto también se lo había comentado al
marido y él no le contestó nada. Pero la máquina no llegó nunca.
Vino Guiffre y trajo un acordeón a piano, nuevo, verde niquelado. Desplegado al sol
parecía una serpiente de esas grandes, de agua, que el hijo le contó había por allá
pero que no se preocupara que no eran venenosas. Cuanto más chica es la víbora
más dañina, le explicó. Para que el viejo toque chamamé, decía la tarjetita. A ella le
había mandado dos frascos de agua de colonia.
Unos meses después -ahora que lo pensaba, la última vez- pasó Guiffre y le
pidió el acordeón. Dijo que el muchacho lo necesitaba. También dijo que no
traía carta porque había viajado de golpe y no había tenido tiempo de escribirles,
pero que estaba bien y mandaba saludos. No quiso sentarse ni esperar al viejo
para tomar una márcela con él como siempre.
A ella le parecía que el marido lo quería más a Guiffre que a su propio hijo.
La enfurecía oírlo hablar con orgullo de Guiffre como si fuese de su familia.
Como si Guiffre.
Le entregó el acordeón que el viejo nunca había tocado ni sacado del estuche
aunque más no fuera por curiosidad. Le dio lástima que se lo llevara, pero
también le daba lástima que estuviese guardado sin que nadie le sacara un
poco de música.
Otra foto le devolvió al chico con barba, una camisa floreada, las manos en los
bolsillos del jean y un loro en el hombro. Estaba parado en una calle barrosa y
el día estaba nublado como si recién acabase de llover o estuviera por empezar.
Llovía mucho, contaba la carta, y peligraba la cosecha. No decía nada del
acordeón.
Poco después oyó decir que a Guiffre lo había fundido la inundación y que
para colmo la mujer se había escapado con otro y le había dejado los hijos.
Escuchó al marido llamarla desde la cocina. Le dijo que tenía hambre y preguntó
si quedaba vino. Ella puso la olla arriba del fuego colgándola de un gancho
que estaba para eso y le agregó un poco de agua antes de taparla. Desde que
estaban los dos solos, cocinaba bastante al mediodía y después cenaban las
sobras. En verano no se podía porque la comida se echaba a perder. Después
le sirvió el vino y le avisó que era el último jarro, que le hiciera acordar al otro
día que comprara otra damajuana, y volvió a la pieza.
asi todo el rostro. De nuevo, el río de fondo aunque muchísimo más ancho y
oscuro, como desbordado. En la carta le decía que estaba en Paraguay y que
pensaba casarse allá con la chica de la foto, que un día de estos los dos iban a
ir a visitarla. De Guiffre no decía nada, pero si era verdad que estaba fundido
ya no trabajaría para él. Era también la última carta fechada dos años atrás.
Ella y el viejo comieron en silencio, junto al fuego, con los platos sobre la
falda. Estaban terminando cuando escuchó golpes en la puerta. En su apuro
por abrir, pateó el vaso con vino que el marido había dejado en el piso.
Antes de tirar del picaporte, tomó aliento y pensó si no se vería demasiado
vieja, si no tendría que arreglarse un poco, y enseguida pensó que de todos
modos estaba oscuro, que ya tendría tiempo mañana, que tenía que abrir porque
afuera hacía demasiado frío y ellos estarían cansados por el viaje.
Entonces abrió la puerta y se topó con la noche espesa, helada y solitaria. Una
rama desguasada por el viento rodaba en el patio.
8ab Esperar la tormenta, de Juan Solá
Todas las tardes a las cinco y cuarto, mi papá y yo salíamos a pasear. Él me batía la
chocolatada con mucha fuerza, para que le quede un montón de espuma, y me la
servía en mi vasito de Aladín, que tenía una tapita para que la chocolatada no se me
caiga en el guardapolvo del jardín, que es azul y dice Matías.
Salíamos a caminar por la avenida y yo iba mirando los autos y le preguntaba a mi
papá cuáles eran las letras de la patente.
La eme, la ese y la de, me decía mi papá, y yo repetía despacito, para aprendérmelas,
y mi papá se moría de risa y me apretaba la mano más fuerte, porque teníamos que
cruzar la calle, y después cruzar otra calle.
Y la equis, la be de bebé y la ele, y entonces venía un bulevar, que es como una calle
pero con una plaza en el medio, y por ahí pasaba una patente que era la ce, la efe y la
ka.
Teníamos que cruzar como mil novecientas calles, porque el supermercado donde
trabajaba mi mamá quedaba lejísimos. Por eso veíamos tantas patentes, porque
salíamos a las cinco y cuarto para llegar puntuales y ver cómo mi mamá salía por el
portón, que es verde y alto, como los de los hospitales.
Cuando mamá salía, siempre tenía cara de que se iba a quedar dormida, porque
estaba muy cansada. Era como si se hubiese pasado todo el día trepándose a los
árboles del supermercado. Por eso, mi papá le decía hola mi amor y le daba la mano
bien fuerte, como a mí, porque teníamos que cruzar de nuevo las mil novecientas
calles para llegar a nuestra casa.
Mi papá le agarraba la mano a mi mamá todo el camino y mientras tanto le iba
preguntando cosas sobre sus amigos del supermercado y mamá le respondía todo,
aunque estuviera muy cansada y las palabras le salieran como si fueran suspiritos.
Todas las tardes a las cinco y cuarto, mi papá y yo salíamos a pasear, pero la tarde de
la tormenta no pudimos, porque mi papá tenía miedo.
Él quería, pero no se animaba. Iba hasta la puerta y volvía y el cielo estaba como la
noche y amenazaba con tirarse de panza sobre las casas y los autos. Había empezado
a llover fuerte y mi papá se rascaba la cabeza y tragaba saliva.
Cuando para, vamos a buscar a mami, Mati, eh, me dijo, y puso una sonrisa que le
temblaba un poco, como si fuera un telón blanco que esconde un nido de arañas.
Entonces, explotaba un trueno y papá también explotaba un poco, pero para
adentro, como haciéndose chiquitito. Miraba por la ventana y los rayos eran como
sonrisas de monstruos, con lenguas hechas de electricidad.
Cuando para, vamos a buscar a mami y la encontramos por el camino, eh, repetía
papá, y se secaba el sudor del cuello con el repasador de la cocina.
La tarde de la tormenta papá y yo nos sentamos en la galería a esperar a mamá y se
hicieron las seis y después las seis y cinco, las seis y diez y las seis y cuarto. Yo todavía
no sé los relojes con agujas, pero mi papá me iba diciendo qué hora era a cada rato.
Le temblaban las piernas y los brazos y miraba fijo la lluvia y yo le pregunté si tenía
frío y me respondió que eran las siete menos diez.
La tormenta de esa tarde duró hasta que se hizo de noche, bien de noche. Hasta las
once menos veinticinco.
Pasó la hora de la cena y pasó la hora de ir a dormir y mi mamá no llegaba y mi papá
miraba fijo la calle y murmuraba con los dientes bien apretados que dónde mierda
está esta reverenda hija de puta y que cuando la agarre la destrozo. Papá estaba
muy nervioso, por eso no me animé a preguntarle si me hacía una hamburguesa y
me fui a dormir con las ganas.
A veces, mi papá destroza las cosas cuando se pone muy nervioso.
Una vez, destrozó un termo, una silla del comedor y dos dedos de la mano de mi
mamá.
Otro día, destrozó un inflador de bicicleta, una maceta de cedrón y un buzo de mi
mamá.
Mi mamá no volvió nunca más y por suerte mi papá no la pudo destrozar. Él dice
que, como no la fuimos a buscar, se perdió y no pudo encontrar el camino a nuestra
casa.
Algunos días la extraño más que otros, pero ya me estoy acostumbrando.
Igual, yo tengo el presentimiento de que muy pronto, mamá me va a venir a buscar a
la salida del jardín. Solamente tenemos que esperar que haya tormenta, para
perdernos del camino de casa y que papá no pueda destrozarnos.
9ab Los colores, de Juan Solá
-Escuchame una cosita, mamita, ¿vos qué tenés en la cabeza, me querés decir?
La señora Raquel tenía cara de sapo. De sapo malo, como esos enormes que hay allá
en Colonia Benítez, que en verano se paran abajo de los postes de luz para comerse
los bichos.
Yo ya no quería ir más a la salita, pero qué iba a hacer.
-¡Pariste hace cuatro meses, nena! ¿Tu mamá sabe que estás embarazada de nuevo?
Parece que la señora Raquel no entiende que, aunque a mí me duela tanto tener
que ir a verla, necesito que me ayude. Parece que ella se olvida que hay veces que
uno odia lo que necesita, como ese beso que te da tu mamá antes de soltarte la
mano para que entres a la escuela, cuando sos demasiado chiquita para que tu
guardapolvo esté tan gastado y la señorita te pone última en la fila para que la
directora no vea tus zapatillas de lona, llenas de agujeros. Yo odiaba ese último beso,
porque anunciaba su ausencia, pero lo necesitaba para sobrevivir.
-¡Vos tenés que aprender a decir que no, mamita! Quince años, tenés. ¿Sabés quién
es el padre de este, por lo menos?
Yo miré fijo las baldosas de la salita, que eran un poco blancas y un poco grises,
como la tiza contra el pizarrón negro.
Dibujo lo que quiero ser cuando sea grande, había escrito la señorita, que se llamaba
Alba y tenía olor a quita-esmalte.
Cuando abrí la cartuchera, me encontré con un lápiz negro, un lápiz amarillo y un
lápiz verde y pensé que con esos tres colores no alcanzaba para mostrarle a la seño
lo que yo quería ser cuando fuera grande. Le pregunté a Gabi si me prestaba sus
lápices y me dijo que la mamá no le daba permiso, así que tuve que dibujarme con
los colores que tenía. Es muy difícil dibujar lo que querés ser si no tenés colores y
nadie quiere prestarte.
-¿Cómo no le pediste que se ponga un preservativo? ¿No te acordás que te hablé de
los preservativos? ¿Te acordás que te mostré como se ponían?
La señora Raquel me miraba fijo, con las cejas juntas y la boca hecha una línea recta.
Yo murmuré que sí, que me acordaba.
-¿Y entonces? ¿Por qué no te cuidaste?
No me animé a decirle. Quería, pero no me animé a explicarle que al Miguel no le
podía pedir nada. No supe cómo decirle que cuando el Miguel viene, yo tengo que
quedarme callada y poner la cara abajo de una almohada, porque él no quiere que lo
mire. Quería explicarle que yo hubiese querido que las cosas fueran distintas, pero
que mi casa era una cartuchera vacía y que a esta altura ya no me quedaba ni un
solo color para poder dibujarme. Porque en mi casa manda el Miguel y el Miguel no
sabe nada de colores porque es todo negro.
-¿A vos te parece lindo que tus nenes no tengan padre?
Tienen padre, pensé, pero no dije nada. Qué iba a decir, si en mi casa manda el
Miguel y el Miguel me dijo que si digo algo, la va a dejar a mi mamá en la calle. Qué
iba a decir, si la señora Raquel no me quería prestar los colores para explicarle.
10ab Ramirez, de Juan Solá
Me es muy fácil describir el rostro de Ramírez porque pasé muchísimas horas
mirándolo. Tiene los ojos negros y opacos, como zapatos de oficina viejos. Eso fue lo
primero que noté cuando nos conocimos. También tiene los dientes derechitos y
cuando sonríe, parece que está pensando en cosas feas. En hacer cosas feas. Se
peina con gomina y raya al costado, tirando todo ese pelo rubio y finito para la
derecha, y se recorta el bigote con una tijerita de plata, regalo de la madre, de
cuando era chico, para que quede a dos milímetros por encima del labio superior.
Los puentes que nos unen también nos separan, me dijo Ramírez una tardecita que
tomábamos mate en el patiecito de atrás de casa.
Por algún motivo, estaba convencido de que era necesario desmantelar todas las
cosas que habitaban ese espacio que sobraba entre nosotros y así fue que, durante
la celebración de la cuaresma, aprovechó para quedarse en casa y quemar toda
nuestra ropa.
Me pareció una exageración, tuvimos que andar desnudos desde entonces.
A mí me había quedado el conjuntito que uso los domingos para la misa y que ahora
vestía cada vez que necesitaba ir a comprar pan o pagar las cuentas, pero a Ramírez
lo enloquecía verme vestida, entonces tenía que salir de casa muy temprano y
regresar antes de que despertara. Las vecinas habrán pensado que nos estaban
comiendo los piojos y que yo no tenía ninguna otra cosa decente que ponerme.
Yo sé que Ramírez no tenía malas intenciones, es lo que le dije siempre a mi
hermana. Él era uno de esos locos románticos, decía que quería un amor sin
barreras, sin fronteras, pero a mí me daba un poco de miedo que llegaran visitas de
sorpresa y nos encontraran haciendo todas las cosas como Dios nos trajo al mundo
Creo que la que llamó a la policía fue Marita. Creo no: sé que fue Marita. Marita es la
vecina de la esquina, chismosa como el resto, pero mucho más sensata; no como la
Nelly, la de enfrente, que cuando se supo que a la viejita de la casa de al lado del
baldío la cagaban a palos, comentó en misa que ella siempre lo supo, pero que no
había dicho nada porque no era asunto suyo.
Nelly es bastante boluda.
Menos mal que no quemaste este, le dije a Ramírez, mientras me ponía el conjuntito
de misa para atenderle la puerta a los oficiales, que me dieron los buenos días y me
preguntaron si estaba todo en orden. Está todo en orden, caballeros, les dije desde
atrás de la puerta, mientras Ramírez aprovechaba mi distracción para abrirle la jaula
a los cardenales. Tendría que haber advertido a los oficiales que Ramírez estaba loco
y que había quemado toda nuestra ropa y que ahora había soltado los cardenales,
porque decía que yo les prestaba demasiada atención... pero no me animé.
El jueves estábamos en la sala, mirando televisión. Me acuerdo que era jueves
porque el lechero había pasado temprano y yo lo atendí desde atrás de la puerta,
fingiendo una gripe fulminante.
Decía que estábamos en la sala, pero sólo yo miraba televisión, porque cuando espié
a Ramírez por el rabillo, me di cuenta de que me estaba mirando a mí. No me
quitaba los ojos de encima y cuando volteé, le vi la sonrisa de hacer en cosas feas.
Qué pasa, Ramírez, le pregunté, pero no dijo nada.
Salió corriendo de la sala y volvió a los pocos minutos, cargando su caja de
herramientas. Recién entonces me animé a preguntarle otra vez. Qué pasa, Ramírez,
qué pasa, dígame qué pasa, repetía una y otra vez, con impaciencia.
Usted mira mucha televisión, me dijo. ¿Por qué no usa ese tiempo para mirarme a
mí?
Mientras hablaba, sacó la maza de la caja y empezó a darle al aparato hasta reducirlo
a un montón de chatarra inservible. Tuvo que envolverse en una frazada para sacar el
televisor hasta la vereda porque yo me enojé tanto que me encerré en mi dormitorio.
Pobre Ramírez, él solamente quería que yo le prestara atención.
Me quedé dormida leyendo un libro y me desperté cuando sentí que un mosquito
me picaba en el cuello. Quise espantarlo, pero no pude. Tenía la mano inmóvil y
cuando miré, me di cuenta de que Ramírez había aprovechado mi siesta para coserla
a la suya.
Ay, Ramírez, usted es tan ocurrente, le dije, mientras íbamos para la cocina. Me había
pedido que le hiciera torta de banana. Pero no sé cómo esperaba que hiciera la torta,
si sólo me quedaba una mano y era la que menos me servía.
Yo quería tenerle paciencia, pero no era fácil. Ramírez decía que cuando era chico su
madre lo había abandonado, me imagino que remontar eso no es para cualquiera.
Pero él era un tipo rudo, de los que no se achican con nada. O por lo menos, eso
decía.
Con mi mano derecha cosida a la mano izquierda de Ramírez, las cosas se hicieron
cada vez más difíciles.
Como no teníamos ropa para los dos, sólo yo me vestía para salir a hacer las compras
y tenía que llevarlo a él envuelto en su frazada. No sé qué habrán dicho las vecinas,
escondidas detrás de sus ventanas de rejas despintadas y cortinas finitas, de esas
que dejan ver las siluetas cuchicheando del lado de adentro de las casas.
No pasó mucho tiempo hasta que decidí dejar de salir. Cuando le dije que había
decidido quedarme en casa para siempre, Ramírez se puso tan contento que cantó
toda la noche. No voy a mentir, a mí me alegraba verlo así, pero cada vez que
teníamos que hacer caca juntos me ponía muy nerviosa.
El domingo estábamos cocinando el último paquete de arroz que nos quedaba. Sé
que era domingo porque la vecina escucha la televisión muy fuerte (se está
quedando sorda, pobre doña Emilce) y por el patiecito de atrás se colaba la voz de
Silvio Soldán, que le deseaba un feliz domingo a toda la juventud.
En qué está pensando, que no me mira, me preguntó Ramírez.
Yo estaba pensando todas las recetas que conocía que se hicieran con arroz.
Únicamente con arroz, de ser posible.
Ramírez, yo lo quiero mucho a usted, pero esta situación me parece exagerada, le
dije. Ramírez me respondió que le había roto el corazón en mil pedazos y tuve que
inventar que cuando dije “situación exagerada”, me estaba refiriendo a tener que
comer arroz Dios sabe hasta cuándo.
Ramírez me dijo no te preocupes, negra, esta noche vamos a comer afuera.
Nos pusimos contentos porque era lo único que podíamos ponernos y entonces
pensé que no tenía ropa como para ir a comer afuera, a menos que Ramírez se
estuviera refiriendo a sacar las silletas al patiecito del fondo. Por las dudas le
pregunté.
Afuera, afuera, a un restaurante, al que usted quiera, me dijo.
Pero qué nos ponemos, Ramírez, qué nos ponemos, si usted quemó todo.
Todo no, respondió él, y era cierto. Se había olvidado de quemar mi vestido de novia
y su disfraz de Meteoro.
Ponernos el vestido y el disfraz fue bastante difícil, primero porque ya nos habíamos
acostumbrado a andar desnudos, segundo porque cuando nos casamos, yo pesaba
diez kilos menos, y tercero porque cuando a Ramírez le compraron el disfraz de
Meteoro, medía un metro y doce centímetros.
Todo eso y que mi mano derecha estaba cosida a su mano izquierda.
Sé que las parejas en el colectivo nos miraban raro porque yo los espiaba por el
rabillo cuando Ramírez no se daba cuenta. Cuando cruzamos Acoyte, me picó un
mosquito en la teta. Instintivamente me llevé las uñas al escote para rascarme, lo
mismo que hubiese hecho cualquiera, porque qué porquería que son los mosquitos,
pero qué rico que es rascarse. El tirón me recordó que tenía la mano unida a la de
Ramírez, que me dijo quedate quieta, por favor, que me estás haciendo pasar
vergúenza.
Me enojé tanto que abrí la cartera y saqué la tijerita de plata con la que Ramírez se
arregla el bigote y ahí nomás, chic, chic, chic, corté los hilos que unían nuestros
dedos.
¡Qué estás haciendo!, exclamó él, pero yo no alcancé a responder porque ya me
había bajado del colectivo y lo miraba por la ventanilla, mientras le decía chau con
una mano y fuck you con la otra. Qué se vaya a cagar, pensaba, no tiene ni idea de lo
que es que te pique una teta.
Hace seis meses que no veo a Ramírez.
Ayer vinieron a visitarme Laurita y Miguel para ver como estaba. Él llegó envuelto en
una sábana de dos plazas y ella en una cortina de ducha medio ordinaria, de esas
que venden en Casa Tía. Laurita y Miguel llevan once años cosidos y dicen que están
muy contentos. Yo sé que en el fondo, Laurita me tiene un poco de lástima porque
no estoy cosida a nadie y ya tengo más de treinta. A mamá y papá les debe pasar lo
mismo. Avisaron que vienen el domingo, no sé con qué cara mirarlos (ellos llevan
cosidos treinta y ocho felices años).
Laurita me recomendó que hable con Ramírez, que le pida disculpas, que a lo mejor
aceptaba coserse de nuevo conmigo, que no podía terminar mis días como una
descosida cualquiera.
Hoy al mediodía lo telefoneé. Me respondió que volvería a casa con la condición de
que esta vez nos cosiéramos una mano y un pie. Le dije que lo iba a pensar, pero es
mentira. Recién vengo de dejar una bolsa llena zapatos en el container .
11ab Escabeche De Berenjenas - Úrsula Buzio
La casa estaba a oscuras, en medio de la noche casi blanca y de un silencio sepulcral.
El hombre bajó del caballo y comenzó a llamarla a los gritos y con insultos, como de
costumbre. De un puntapié abrió la puerta, lo recibió el olor inconfundible del
escabeche de berenjenas. Era su plato preferido; ella lo preparaba como nadie,
aunque él nunca se lo dijo.
Siguió avanzando sin dejar de blasfemar y de un manotazo corrió la cortina que
separaba los ambientes. La ventana estaba abierta y pudo verla a la luz de la luna. Su
sorpresa duró apenas un instante. "Infeliz", murmuró con desprecio y, quitándose el
cuchillo que llevaba en la cintura, de un solo tajo cortó la soga. El cuerpo inerte de la
muchacha se ovilló en el suelo. Salió de la pieza sin mirarla.
Al pasar frente al aparador se detuvo; frascos de diferentes tamaños, en fila sobre un
estante, lo estaban esperando. Los acomodó cuidadosamente en una bolsa de cuero
y se fue hacia la noche.
No sabía que llevaba consigo a su propia muerte, repartida en pequeñas dosis de
veneno.
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Comentarios
Publicar un comentario